SE BUSCA VAMPIRO COREANO QUE BRILLE EN LA OBSCURIDAD


Crónicas de una casi novia (por sexta vez)
O cómo sobrevivir al apocalipsis social de estar soltera a los treinta y tantos… otra vez.

Tengo suficientes años bien vividos y, actualmente, estoy sola. Pero que no se malinterprete: no soy una solterona más haciendo fila en la oficina de matrimonios urgentes ni esperando el cupón de descuento para el amor eterno. Me casé cinco veces. Cinco. Y no, no estoy haciendo un reality show.

Cuatro viudez. Una divorciada. ¿Qué más quieren? Ya llené mi cartilla emocional. Ahora, digamos que soy feliz... relativamente feliz. A veces me hace falta alguien con quien pelear, pero nada que un espejo o una pared no solucionen.

¿Cómo me catalogo?

Soltera. Feliz. Con experiencia.
Traducción: no me corre la ansiedad por atrapar marido, pero tampoco niego que me he probado unos cuantos.

¿Matrimonio? Sí, claro. En teoría, buena idea. En la práctica, más complicado que encontrar una dieta que incluya pizza y funcione. ¿Será por mi historial? Puede ser. Últimamente estuve a punto de casarme tres veces más, pero los planetas no se alinearon. O yo no era para ellos. O ellos no eran para mí. O, siendo honestos, Gracias a Dios no se concretó. Hoy están casados con otras, y yo celebro que sus desgracias no sean por mi culpa.

Todo empezó a torcerse —más— hace algunos meses, mientras veía con mi mamá esa joya del cine llamada Novia a la fuga. De pronto, pausa dramática. Me mira con esos ojos de madre que quiere intervenir amorosamente en tu vida… y lanza la bomba:
—"Eres como ella, tampoco te quieres casar".

En ese momento entendí que para ella todos mis diplomas, mis logros, mis conquistas profesionales valían menos que un anillo en el dedo y un “protector oficial” a mi lado. A lo que pensé: chocheras. Pero no... la cosa era seria.

Pasó el tiempo y llegó mi cumpleaños. Esa reunión anual donde todos fingen que el tiempo no pasa, las arrugas son expresión y el vino envejece mejor que nosotras. Todo bien, hasta que mi madre me aparta, casi como en una escena de espionaje, y me entrega un sobre con $150.000. Ilusa yo, pensé que por fin había acertado con la lista de libros que le dejé. Pero no:
—"No son para libros. Quiero que te inscribas en una agencia matrimonial. ¡Quiero ser abuela!"

La mandíbula me quedó en el piso. Y no por la emoción. Verme casada y pariendo parece ser la nueva campaña presidencial de mi madre.

A ver, lo de ser madre soltera no me quita el sueño, lo tengo contemplado, ya sea por inseminación artificial o copaternidad negociada. Pero casarme... otra vez... ¿Con quién? ¿Con qué valor emocional? ¿Y con qué garantías de devolución? Los hombres que me gustan están ocupados, lejos, son gays, o directamente no me pescan. Y para colmo, vivo en un país donde la proporción es siete mujeres por cada hombre. ¡Nosotras deberíamos ir a la guerra, a ver si equilibramos un poco el asunto!

Después del shock vino el festival del horror. Tías, primas, amigas casadas y con vidas maritales que harían llorar a cualquier terapeuta se unieron al club de fans del “marido para mi hija”. Promovieron la idea de que en una agencia matrimonial podría encargar a mi hombre ideal como quien compra por catálogo. "Elige tú el sabor: alemán, gringo, británico...".
—"¡Los que me gustan son los asiáticos!"
—"De esos también hay".

La intervención familiar se convirtió en una especie de ritual en el que mi vida amorosa era diseccionada en la mesa, como el pavo en Navidad. “Fetiche”, dijo mi prima la psicóloga. “Miedo”, comentó una amiga. “Problemas con el compromiso”, “Utopía”, y otros diagnósticos gratis circulaban mientras yo pensaba en chocolate, agua fría y bailar hasta caer rendida. Mis verdaderas terapias.

Ellas quieren que me case para meterme en su club de recetas, babyshowers, y payasos de quinta en fiestas infantiles. Me niego. No es mi idea de vida ni de diversión. El príncipe azul es, con toda seguridad, un invento de abuelas borrachas y doncellas intoxicadas con hongos alucinógenos.

¿Pero saben qué? Decidí aceptar el reto.
Voy a buscar mi medio limón.

No porque crea que existe. Sino porque este es, por lejos, el proyecto más absurdo, entretenido y potencialmente catastrófico que puedo emprender... y eso ya me inspira más que cualquier taller de escritura.

Cada experiencia será publicada aquí, en este blog.
Crónicas sinceras, cínicas, y quizás amorosas de mi viaje por la agencia matrimonial, en búsqueda de... no sé, ¿un coreano vampiro que brille en la oscuridad?
O al menos alguien que me provoque decir sí, pero esta vez sin garantías.

Prepárense. Esto apenas comienza


AMAKARIN MUSSET




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