CUANDO EL ROMANCE ESTÁ EN EL AIRE, MIS ARCADAS TAMBIÉN.
¿Muso, lecturas romántico-eróticas, un macho en mi cama?
¡Ja! El romance a mí me da sarpullido en el alma. Yo soy de la escuela “me gustas, te gusto, nos comemos y a dormir”. Todo ese show de flores, velitas, canciones con voz de gato castrado… qué pereza. Pero claro, los lectores quieren su chorrito de romance. ¿Un cliché? Pues sí. ¿Lo quieren igual? Pues claro, les encanta el azúcar aunque se les pudran los dientes. Y ahora, para colmo, la propia historia me lo pide. No me basta con meter sangre, crímenes y polvo duro: los muy condenados personajes quieren sentimientos.
Yo lo intento, lo juro. Me leo novelas románticas con la esperanza de que, al menos por quince minutos, se me prenda la neurona del amor. Pero nada. Mi cerebro reptiliano entiende de sexo, comida y sobrevivir. Palabras dulces… a la mierda.
¿Será que soy yo? ¿Mi carácter? ¿O que lo rosa me da arcadas nivel “vómito”? Una amiga una vez me dijo:
—Marce ( Es mi segundo nombre) a usted lo que le falta es un mozo que le mueva el piso.
Sí, claro… uno que no sea casado, maricón, eunuco, o un príncipe de Disney. Y que encima me guste. Porque hacerme la princesita… no, gracias. Yo soy más una mezcla de Xena la Guerrera con Fenomenoide y Pinky & Cerebro, pero en versión que bebe tequila y dice palabrotas ( Sí, para sus castos oídos).
Un profe de escritura me dijo que no hace falta tener pareja para escribir romance, que basta con leerlo y absorberlo. Pues qué linda tortura: sentarme a tragarme 300 páginas de cursilería como si fuera foie gras emocional. Imagínese al ratoncito del corazón con una motosierra adentro.
Así que aquí estoy, preguntándome: escritores del mundo, ¿cómo carajos se arma una atmosfera romántica sin que me den ganas de meterle una buena escena de sexo salvaje y acabar el capítulo con un cadáver?
AMAKARIN MUSSET
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