¡¡ REFLEXIÓN ONTOLÓGICA SOBRE LA CAZA DE MARIDOS!! PARTE 1


Manual de autodestrucción sentimental, parte 1: la agencia matrimonial

Después de una gastritis que casi me convierte en mártir del sistema digestivo (cortesía de mi estrés emocional y una empanada con sospechas), decidí hacer algo aún más doloroso: asistir a una cita en una agencia matrimonial. Sí, así de bajo he caído.

La idea era simple: demostrar que no estoy loca –al menos no clínicamente–, llenar un formulario diseñado por alguien con problemas de autoestima y mentir lo justo para parecer interesante, pero no tan interesante como para asustar. Spoiler: fallé en todo.

El combo romántico incluía un test psicológico (para confirmar que no soy una psicópata, solo intensa), una hoja tamaño sábana con preguntas existenciales del tipo: “¿Quién eres?”, “¿Qué buscas?” y mi favorita: “¿Qué te hace especial?” ¿Especial? Solo me falta ladrar para completar el zoológico emocional que soy.

Aclaremos: no pagué los 80 dólares. Pero si lo hubiera hecho, seguiría sintiendo que financiar este show es una forma elegante de prostitución emocional. 

"No debí hacerlo." Lo sigo murmurando como mantra, mientras miro al vacío con una taza de té como única compañía y una voz interna que grita “¡Diciembre es una trampa!”. Porque sí, diciembre tiene la habilidad de volverme manipulable, cursi y estúpidamente nostálgica. De pronto quiero besos bajo las luces navideñas, alguien que me abrace mientras compramos buñuelos, y hasta empiezo a considerar que mi mamá podría tener razón. Esa es mi decadencia.

Pensé en cancelar. Pero mi única clase del día se pospuso, y el universo dijo: “Toma, te regalo tiempo libre para que tomes malas decisiones”. Fui.

Llegué al sitio y lo primero que sentí fue paz... falsa, pero paz. El lugar era tan neutro, tan beige, que casi olía a desesperación perfumada con incienso. Todo estaba cuidadosamente decorado para que uno sintiera que buscar pareja en una agencia no es patético, sino “una forma moderna de conexión emocional”. Ajá.

El psicólogo me atendió con cara de “he visto cosas peores” y, después de unas preguntas, concluyó que no estoy loca. Solo un poquito egocéntrica. Según él, eso podría obstaculizar mi vida amorosa. Según yo, es lo único que me mantiene viva.

Una hora después, estaba en mi casa, en piyama, con un sobre de manila entre las manos y cara de “¿en qué momento me convertí en esta persona?”. Abrí el sobre: un listado de requisitos, un interrogatorio sentimental estilo FBI y la instrucción de enviar tres fotos: una de cuerpo entero (para que se hagan una idea de si les cabes en la moto), una de medio cuerpo (por si solo les importa el escote) y una de cara (para que confirmen si la genética fue amable contigo).

Ah, y el pasado judicial. Me pareció lo único sensato. No estoy para rehabilitar presidiarios con “corazones nobles”. Ya tuve suficiente con hombres libres y peligrosos, no quiero probar los enlatados del sistema penitenciario.

En cuanto al estado civil, “divorciada”. Así, sin adornos. A diferencia de los polígamos modernos que quieren formar un harem con nombre cristiano, yo solo quería recuperar mi libertad hace 13 años. Ni siquiera recuerdo el número de folio del divorcio, pero confío en que la notaría lo sabrá. Y si no, ¡a improvisar!

Luego vino la parte más humillante: crear un perfil. Es decir, convertirme oficialmente en mercancía emocional. Porque en estos sitios no se trata de quién eres, sino de cuánto gustas. Si no clasificas en el Top 10, te emparejan con el "buen tipo" que todavía vive con su mamá y cree que ver tv cable  juntos es una cita seria.

La foto de perfil es crucial. No debe ser sexy (eres una puta), ni informal (eres floja), ni elegante (eres desesperada), ni con niños (eres tía), ni con animales (loca de los gatoS/perros ). Básicamente, no debes parecer real. La fórmula mágica: medio cuerpo, buena luz, sonrisa ambigua y una repisa con libros de fondo para fingir cultura. ( tip: si los libros están en inglés, mejor. Aunque no los hayas leído.)

El ID también es importante. Nada de “Princesa busca príncipe” o “Luz del amanecer”. Lo mío: “Yugular busca dientes que la hinquen”. Es honesto, provocador y alerta a los cobardes para que huyan a tiempo.

Y luego, la pregunta del millón: ¿Quién eres?
Y yo… colapsé.

¿Quién soy? ¿En serio? Apenas me estoy aguantando a mí misma, y ahora tengo que empaquetarme en tres líneas que no suenen como diagnóstico clínico. Estuve cuatro horas mirando la hoja, tachando, escribiendo, preguntándome si puedo simplemente decir:

“Soy una mujer harta, pero fabulosa. Adicta al sarcasmo, amante de la soledad voluntaria, y profesional en huir de hombres confundidos emocionalmente. Estoy aquí porque diciembre me jodió el criterio.”

Pero eso no vende. Lo que vende es fingir. Decir que eres dulce, independiente (pero no tanto), segura (pero no intimidante), interesante (pero no intensa), y que te encanta el cine, la playa y reír sin motivo. O sea, describirte como un pan francés tibio: neutro, agradable y sin ningún ingrediente que provoque alergias emocionales.

Intenté inspirarme leyendo otros perfiles. Gran error. Gente que se describe como si fueran una mezcla entre Gandhi y Shakira. Me pregunté mil cosas: ¿Soy lo que creo que soy? ¿Lo que otros ven? ¿O lo que me invento para gustar? ¿Será que estoy atrapada en una versión de mí misma patrocinada por la desesperación navideña?

Al final, no escribí nada. Cerré el formulario, abrí una bolsa de papas, puse música, y me dije: “Mañana lo lleno... o no. Total, siempre puedo adoptar otro perro”.


AMAKARIN MUSSET

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