CONFESIONES DE SUPERWOMAN
¿El motivo? Una discusión acalorada con el “hombre X”, ese ente masculino reciclado de mi pasado que insiste en aferrarse a mí como una garrapata emocional con síndrome de abstinencia.
No, gracias. Ya me leí ese capítulo, lo subrayé, lo escupí, lo quemé y le hice origami.
Este fenómeno de atracción suicida no es exclusivo de él. Hay toda una procesión de sujetos que, por alguna razón misteriosa (o una apuesta secreta con Dios), quieren ser elegidos por mí. Yo, que no tengo ni espacio emocional para mí misma, ¿dónde se supone que voy a meterlos a ellos? ¿En mi cuadernito de notas?
Quizá lo que realmente me molesta es ver cómo se doblegan. ¡Qué espectáculo tan deprimente! Hay mujeres que se derriten con eso, que lo llaman “dulzura” o “caballerosidad”. Yo lo llamo lo que es: flojera testicular. A mí, un hombre que llora por amor antes del tercer mes me genera el mismo interés que un aguacate pasado.
Necesito alguien que imponga, no que pida permiso para existir. Que si le digo que me voy, me mire a los ojos y me diga: “¡Pues vete!”… y me den ganas de quedarme solo para llevarle la contraria.
Los hombres de ahora, ¿qué pasó con ustedes? ¿Están criados con leche de almendras y Disney Channel? ¿Dónde están los brutos de antes, los que usaban camisa de franela sin depilarse el pecho y olían a leña y testosterona? Ahora todo es fragancias florales y terapia emocional. Lo siento, pero si un hombre conoce más tipos de aceites esenciales que yo, perdimos la guerra.
Soy honesta: me gustan salvajes. Que muerdan... (emocionalmente). Que den batalla. Que digan “no” y lo sostengan. Que se les marque la mandíbula cuando me contradicen. Que la relación parezca una escena de Gladiador, no una cena de cumpleaños con velas y conversación civilizada.
Sí, claro, por eso estoy sola. ¿Mi eco? Lo único que me responde es mi voz rebotando en las paredes. Los hombres que me rodean son hologramas de una virilidad perdida, y yo… bueno, yo soy mi pareja ideal. Suena esquizofrénico, pero no lo es. Es narcisismo puro, sin agua, sin hielo, servido en copa alta. La única pareja que me entiende soy yo. Y eso, aunque poético, es trágico.
Ya me veo: vieja, arrugada, en bata de leopardo, rodeada de perros con nombres de filósofos alemanes, lanzándole chancletas a los niños desde la ventana mientras grito: “¡Así es el amor, carajitos de mierda!”
Y todo por no tener sexo fijo y estable. ¡Qué ironía! En esta vida uno puede tener dignidad o pene disponible… pero no ambas cosas.
Para entender cómo llegué aquí, hice una regresión forzada al pasado. El primer amor. Tenía cinco años y el objeto de mi afecto era un nerd de 12 con ajedrez bajo el brazo. Me obsesioné, me inscribí en una escuela de ajedrez, aprendí, le gané… y lo olvidé. ¿Quién hace eso? Pues yo. Competi, vencí, lo superé. Siguiente.
Walter, experto en boliche. Le gané, le quité los boliches, lloró. Siguiente.
Gustavo, Mortal Kombat. Derrotado. Fabián, esclavo escolar de tareas de dibujo. ¿Vamos viendo el patrón? Los hombres como trofeo de guerra. Me alimentaba de su humillación emocional como si fuera Red Bull para el alma.
¿Y ahora qué busco? Un contrincante digno. Un rival que no me tema. Uno que no tiemble al discutir, que no me dé la razón por sistema, que me rete. Pero si le detecto alguna debilidad, se acabó el encanto. Genética chueca, sueños en modo ahorro, vocabulario de cavernícola o alguna tara existencial irreversible… bye. Mi criterio de selección es tan exigente que haría llorar a Darwin.
Sí, el amor duele. Como una patada en los ovarios del alma. Y para ese dolor, no hay ibuprofeno que valga.
Por eso empecé mis propias teorías amatorias. Al estilo Practical Magic. Un hechizo, un filtro, un algoritmo emocional que separe a los hombres que podrían sobrevivir a mí (spoiler: no muchos).

.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario