CONFIRMADO: NO ME INTERESAN LOS HOMBRES
Confirmado: no me interesan los hombres.
No desde lo romántico, lo sexual, ni siquiera desde el antojo de una conversación profunda. Si acaso, desde la fascinación antropológica que uno tiene cuando ve un documental sobre criaturas en vías de extinción que aún creen que enviar un “¿Qué haces?” a las 11:47 p.m. es seducción.
Todo empezó con esa agencia matrimonial. Decidí reactivar mi “vida social”. Spoiler: error. Como querer revivir un tamal de Navidad en julio. Citas con sujetos de todo tipo: empresarios, poetas frustrados, fitness, filósofos de gimnasio, ingenieros emocionales (aka gente rota con léxico)... Una procesión de aburridos con complejo de redentor. Y yo ahí, jugando a las entrevistas de empleo en donde ninguno calificó para el puesto de “compañero mínimo funcional”.
Entre más me expongo a la experiencia masculina, más me convenzo de que soy como una monja budista con internet de olx: conectada con el mundo, pero sin ninguna necesidad de cogerlo.
Y no, no es que yo sea una amargada antisexo. Estoy buena, soy divertida, soy inteligente y tengo más swing que una playlist en viernes. No me faltan candidatos. Lo que me sobra es asco.
¿Y por qué estoy en una relación?
Excelente pregunta.
Técnica y emocionalmente no lo estoy. Lo que tengo es un poltergeist emocional al que le dejé entrar por la ventana de la lástima. Un alma buena, sí, pero con la vitalidad erótica de un pan mojado. No le amo, no le deseo, no le quiero cerca cuando leo, como, sueño o existo. Y aún así, ahí está. Como humedad en pared vieja. Él cree que estamos juntos. Yo, más bien, creo que estamos haciendo un simulacro de pareja por caridad.
A veces quisiera que me terminara. Que tuviera un arranque de autoestima, me mandara al carajo y me liberara de este falso compromiso. Mientras tanto, yo espero… y leo. Y elijo leer antes que verle. Es decir, el prefacio de una tesis doctoral sobre métodos de irrigación medieval me produce más cosquilleo uterino que sus intentos de conversación.
He desarrollado una teoría. Las mujeres que estamos entre los 30 y 40 y aún no hemos sido absorbidas por el agujero negro de la dependencia emocional, simplemente... nos aburrimos de ellos. Y no es una tragedia. Es evolución. Las cavernícolas de hoy tienen su propio fuego, cazan solas y hasta tienen apps para ovular con eficiencia. ¿Y los hombres? Algunos siguen creyendo que abrirte la puerta del carro es sinónimo de sensibilidad. Y no. Es lo mínimo.

¿Y el sexo? Bueno, para eso está el vibrador, la imaginación, o como mínimo, un buen libro de vampiros coreanos. Que al menos muerden con estilo y no preguntan si ya llegaste mientras se acomodan los boxers.
Dicen que no todos los hombres son iguales. Y es cierto.
Unos son tontos, otros son profundamente tontos. Unos mienten por deporte, otros por reflejo nervioso. Algunos se creen dioses del Olimpo con un salario de becario y la autoestima de un roedor. Otros simplemente… respiran fuerte y ya molestan.

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