TRAS LAS HUELLAS DE JUAN
Ando de detective.
Y no es porque me sobre el tiempo, sino porque tengo alma de chismosa con causa. Me he embarcado en la búsqueda más absurda y fascinante de mi existencia: estoy rastreando a un exnovio de mi madre.
Sí, leíste bien. Un ex. De mi mamá. Un amor revolucionario, literal. Comunista. Poeta. Hombre de ideales y probablemente olor a cigarro mojado. Un tipo que militaba entre corazones y panfletos, y que todavía habita la memoria de mi madre como si fuera una suscripción activa a Netflix Nostalgia.
Ella lo recuerda con una pasión que da miedo.
– De milagro no me volví de izquierda –me dice, mientras me muestra con ternura estampitas marxistas y fotos de fiestas revolucionarias en embajadas de países que, para mi sorpresa, no eran comunistas pero sí sabían montar tremendas pachangas.
Yo la observo. Ella lo evoca. Y yo solo puedo pensar:
¿Qué clase de poder uterino tuvo Juan para quedar tan tatuado en su memoria por más de 50 años?
Siempre supe de su existencia. No por nombre, sino por rituales secretos: la veía encerrarse a llorar frente a una foto como si estuviera viendo el tráiler de una película que nunca se estrenó.
La escondía en su baúl de los misterios, ese relicario de amores imposibles y naftalina emocional. Y yo, como buena hija metiche, siempre supe que ahí había historia... pero no imaginé que se trataba de El Hombre Que Casi Me Engendra.
Se despidieron una tarde de mayo de 1970. Romántico, ¿no? No. Tragedia griega con banda sonora de balada francesa. Se escribieron cartas. Mucho “mi amor”, “mi patria”, “te extraño” y demás basura que suena intensa cuando eres joven y piensas que amar a distancia es poético, no estúpido.
Y como era de esperarse, las cartas se fueron espaciando. Porque la revolución aguanta muchas cosas, menos el olvido.
Ahora, medio siglo después, el fantasma de Juan ronda mi casa como si fuera parte de la familia.
¡Juan opina más que Alexa!
“Juan decía”, “a Juan le gustaba”, “Juan pensaba”.
Juan, el omnipresente.
Juan, el héroe romántico que no hizo nada para quedarse, pero se llevó la mitad del alma de mi madre y todavía no paga renta por vivir en su corazón.
Y claro, como todo fantasma bien alimentado, se aparece en los sueños.
Mi madre duerme mucho últimamente. Contrario a la lógica médica, entre más vieja está, más duerme. Yo, en cambio, no pego un ojo. ¿Será que me falta un Juan?
A veces pienso que si tuviera un amor ideal que me visitara en sueños, dejaría el café, el celular, el existencialismo barato y me acostaría con piyama planchada solo para soñarlo.
Pero no. Lo mío son sueños con vacas parlantes, tsunamis y coreanos que me ignoran.
Lo suyo son novelas oníricas donde Juan la abraza y le susurra cosas tan hermosas que ni los perros de mi tía Rosi pueden soportarlo y ladran para despertarla justo en la mejor parte. ¡Siempre los perros arruinando el clímax!
Una vez él llamó.
Cuatro años atrás.
Navidad.
La llamada duró tanto que pensé que estaban reescribiendo Romeo y Julieta. Luego colgó, y mi madre desapareció durante las fiestas como una adolescente con el corazón roto.
El hombre no volvió a llamar.
La Navidad, por supuesto, fue un drama.
Ella atendía el teléfono como si esperara una llamada de Dios, y cuando no era él, su cara se caía como pastel sin levadura. Y yo ahí, testigo involuntaria de un amor que se niega a morir y que ni siquiera Netflix podría adaptar sin que quedara ridículo.
Juan. Juanito. Juan Jurado Santos.
Un madrileño con más presencia en mi casa que mi padre muerto.
Un tipo que, si yo fuera otra, consideraría guapo. Pero a mí me da flojera. Lo imagino seseando y hablando de Neruda y me da gastritis.
Aun así… lo entiendo. Porque él la hace feliz.
Y si a su edad ella todavía espera su llamada, ¿quién soy yo para no tener fe en el amor?
¡Te voy a encontrar, Juan!
No por ti. No porque me parezcas interesante. No porque me gusten los revolucionarios con rizos y traumas.
Te buscaré porque quiero que mi madre tenga su final feliz.
Porque si ella lo logra, entonces existe la remota posibilidad de que yo también algún día, con suerte, con astrología y mucho agua de manzana... pueda dormir soñando con alguien más que caballos parlantes.
Y porque si tú fuiste capaz de robarle el alma a alguien para siempre, necesito mirarte a los ojos y entender cómo diablos lo hiciste.
Tal vez hasta te pida un tutorial.
Por ahora…
sigo contando las fotos.
Las de Juan llenan tres álbumes y medio.
De mi padre hay dos.
Una boda que parece velorio.
Y una muerte que parece liberación.
No sé si esto es amor, locura o simplemente historia.
Pero me gusta.
Porque aunque yo finja ser una mujer práctica y autosuficiente, lo cierto es que muy en el fondo, entre la gastritis, el sarcasmo y las noches sin dormir…
…también espero a mi Juan.
O algo que se le parezca.
AMAKARIN MUSSET

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