SUPERWOMAN: LA RESURECCIÓN
1:00 de la madrugada
Estoy en mi búnker, con Mauro Picotto explotándome los tímpanos y una calentura inexplicable —como si el demonio de la lujuria se colara entre los audífonos—, justo después de pasarme la tarde tiritando de frío gracias a la brillante idea de eliminar los carbohidratos.
Spoiler: no soy Kendall Jenner, así que terminé comiendo chocolate como quien rompe una huelga de hambre por un bombón relleno de culpa.
¿La razón de esta dieta? Amor. No del bueno. Del estúpido.
Sí, ese tipo de enamoramiento que te hace pensar que dejar el pan te hará más deseable para un hombre que no te ve ni como humano, mucho menos como mujer.
O si me ve, ¡que bien lo disimula! Capaz es actor. De esos de método. Método ciego.
Obvio, yo tampoco me le he insinuado más allá de la cortesía básica, la risa floja y la mirada de cervatillo herido. Pero bueno, ya caerá.
Y si no, pues bien por él y peor para mí, porque llevo 17 meses invirtiendo en un amor platónico cuando podría haberme casado con un contador aburrido, tenido tres bebés y una hipoteca.
Y en el peor de los casos... siempre está la opción de emborracharlo y sacarle cría.
(Sí, soy esa clase de mujer. Criolla, práctica, desesperada. Con útero con plan de acción.)
Pero este post no es para desahogarme sobre mi delirio amoroso tipo “novela turca mal doblada”.
Es más bien mi glorioso regreso después de 1 año, 3 meses y 5 días de desaparición digital voluntaria, motivada por causas mayores: cirugía, idiomas, falsos romances, existencialismo dulce y una madre que me quiere ver casada antes de que me vuelva polvo de soledad.
Y sí, lo adivinaste: no me casé.
Mi membresía en la agencia matrimonial venció sin pena ni gloria. Cero propuestas. Cero milagros. Cero hombres que valgan una buena depilación.
Mi madre ahora me ofrece como si fuera queso maduro en feria de pueblo: a viudos, divorciados, sacerdotes retirados y hasta un exorcista vegano.
Al principio me ofendía. Ahora simplemente lo disfruto. Si no puedo tener el amor de mi vida, al menos que me den postre, película y conversación mediocre.
Hubo besos. Manitos sudadas. Bluejeanidas (mi amiga dice que eso es cosa de prepubertos, pero ¿quién soy yo para juzgar si el placer viene con zipper?).
Pero nada serio. Nada que valga sacrificar horas de trabajo o el placer de dormir sin ronquidos ajenos.
Con algunos quedaron amistades.
Gente interesante. Con alma. Con neuronas.
Pero nada más allá. Quizás porque estaba ocupada amando unilateralmente a un espécimen que ni se ha enterado, o porque el 2013 fue mi año de dulzura insípida. Una especie de colapso hormonal que me convirtió en algodón de azúcar sin ambición ni libido.
¿Por qué dejé de escribir?
Simple. Ser feliz es una trampa para el arte.
La estabilidad emocional es el veneno de la musa.
Y como diría James Joyce: “Nadie escribe bien cuando tiene la nevera llena y el corazón contento”.
Así que ahí estaba yo, en plena mutación: pasé de ser la bruja feroz, la súper mujer emocionalmente blindada, a un unicornio lila con voz melosa que decía “gracias” en tonos suaves.
La vergüenza. El colmo.
Pero entonces volvió él: mi gemelo malvado, ese ex-alma gemela que juré odiar con sangre y ahora es... mi “amigo”.
Después de revivir viejas heridas y mezclar un poco de trauma con una pizca de redención, logró lo impensable: resucitó a la bruja.
Y volvió recargada. Con ganas de escribir. Con colmillos. Con tinta negra y veneno rosa.
Volví a la universidad.
Volví a escribir cuentos cargados de lujuria pedagógica.
Volví a mirar a Corea como quien admira una secta fascinante, y entendí que aunque me excite enseñar, mi verdadero orgasmo está en escribir.
Es la escritura la que me aguanta cuando ni yo me soporto.
La que me permite vomitar pensamientos en vez de tragarlos.
Por eso estoy aquí.
Porque necesito sangrar ideas.
Porque no me alcanzan los amigos, ni las sesiones de terapia, ni los likes.
Porque hay poluciones mentales que me quitan el sueño y solo se curan escupiendo palabras sobre un teclado.
Y se viene más.
Porque si todo sale bien, mi próximo post se titulará:
“El príncipe azul es un sapo con leotardos o el invento de un hada madrina adicta a los hongos”.
Bienvenidos, queridos neuróticos con wifi.
Los extrañé. Un poco.
O tal vez no. Pero necesitaba escribir.
Y eso ya es bastante.

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