FUTURO JUNTOS "en construcción"
"El tiempo es la imagen de la eternidad en
movimiento."
Platón
Tengo 40 años de edad y llevó los últimos 15 viviendo en un
apartamento que dejó mi madre luego de
su muerte. Por situaciones que no tiendo a explicar, no me he casado ni tengo
hijos. Mi esfuerzo vital consiste en trabajar las ocho horas diarias, pagar
servicios, comprar comida y ver los programas de televisión en la comodidad de
una vieja cama. Soy alguien del común, no me obsesiona nada… bueno… No me obsesionaba
nada, pero desde hace algunas semanas atrás, la decisión de asesinar a mi vecino me ha dado una nueva razón
para vivir.
Que puedo decir. Mariano es un bacán, lo conozco poco más de diez
años. Cada final de mes me ayuda con las bolsas del mercado. Toma un descanso
de su agotadora vida de actor independiente para hablar, tomar café y chillar
como pavo durante el sexo. A la media noche, se marcha con su cara de gato
capado y me deja desnuda, mojada e insomne, arañando las ganas de un rato más.
Prendo un cigarrillo, deambulo por la casa y me asomo a la ventana. La
lámpara continúa prendida. La apagó luego de mi última bocanada. Tiro al piso
la colilla. Cierro las cortinas, me pongo una bata y bebo algo de coñac. Mucho
coñac. Hasta vomitar. Despierto ciega por la insufrible luz que hiere la
habitación y me desvirga la retina.
A veces le amo. Otras solo
quiero romperle el cuello, pero la mayor parte del tiempo le observo dormir.
Parece muerto, sólo su imagen inerte repetida en el laberinto de espejos de la
habitación tiene un efecto de bienestar en mi existencia vacía. Cuando le
recuerdo, da la sensación de un largo lapso. Su cuerpo y mis ojos duplicados en
un espacio inexistente. Un par de horas expandidas en segundos.
Marino, así se llama, bueno, así lo llamo yo. Su nombre de real, no
es gran cosa. A veces las madres colocan palabras sin carácter como
destinando a sus hijos a ser papanatas de por vida. Sí, pensándolo bien ese
pueda ser el destino de Mariano, desde que
le conozco ha tenido sobre saldo de
éxitos cortos y poco decorosos. ¡Pobre Mariano! Al menos conmigo puede matar
dragones, yo le doy el poder que su madre le quitó en la pila bautismal.
Él y yo pocas veces coincidimos durante el día. Él duerme y yo
trabajo. En la noche…se pone en pie justo a tiempo para los debates
intelectuales, poner en escena sus mundos ficticios, los aplausos y el vino.
Llega a su casa cuando despierto. Me
asomo y le veo en diversas compañías -¡No me importa!- me digo. Me he
acostumbrado a bastarme sola, lo hacía en vida con mi madre y luego de su
muerte. La soledad es un espacio de
subsistencia. No dependes de nadie que no seas tú mismo. En cuanto a los
espejos, me gusta el efecto laberíntico que le otorga al espacio. Mariano los detesta, dice que la gracia de duplicar la realidad es
transformarla, como el arte, no mantenerla inerte y eterna, a mí me importa un
culo lo que piense.
Los mantengo porque de este modo, en mí mundo, suelen ser
los únicos que reproducen ilimitadamente nuestra cópula, jadeos y embestidas exaltadas bajo un
efecto físico, visual y sensorial. Una pequeña muerte suspendida en la
eternidad, como una fotografía. Una acción para el recuerdo. Cierro los ojos y las memorias mojan mi
entrepierna, despiertan la placidez y traen de
nuevo un orgasmo…
Antes no era así, pero de unos meses para acá, sus visitas son
necesarias, tal vez sean mis hormonas, la edad, ¡esa maldita fertilidad! que me
pone como perra en celo cuando le veo. Que puedo decir, soy vecinodependiente
yo lo acepto, pero él no…
La semana pasada debió venir y no lo hizo. De hecho
he bajado varias veces a su apartamento y nadie abre. Podría entrar para cerciorarme
pero descubriría mi secreto. Varias veces le he
dicho al celador pero éste repite lo mismo que yo sé, aun así ¿Qué sabe él de sus horarios? ¿Acaso lo
vigila? ¿Se sienta noche y día frente a la ventana con binóculos en mano,
anotando cada pequeño acto? ¡No claro que no, eso sólo lo hago yo!
He faltado al trabajo los últimos tres días. No me siento ni me veo
bien. Me levanto bañada en sangre. Hemoglobina cálida. Miro al piso y las
huellas de alguien llegan hasta la cama. Prendo la luz y una figura parecida a
mí me observa. Le miro y despierto histérica, temblorosa, atragantada con un
nudo de adjetivaciones amatorias que sofocan mi alma solitaria y fogosa. Bebo para
dormir, también para pensar y para cagar, el licor es un excelente laxante
matutino. Cada gota de alcohol me ayuda a superar las horas, hasta que llega él
o el sueño me venza.
En estos diez años mi oído se
ha venido acostumbrando al sonido de sus llaves al abrir la puerta. Su manera
de caminar borracho es bastante peculiar, los pies se le entrecruzan y en
cualquier momento podría ponerse a bailar. Me he habituado a distinguir el
ruido de los silencios… a desearle en la penumbra. A morderme los labios y a
esperar el mejor momento para asaltarle en casa, esconderme tras los muros y verlo
desvestirse, entrar desnudo en la cama, caer medio muerto y quedarme hasta que amanezca escuchando su roncar
de cerdo feliz. ¡Eso es amor! quiero pensar para disipar esa duda que
me asalta a veces. Temo haber perdido la cordura y estar a un pelo del psiquiátrico.
Vendrá. Siempre lo hace. No sé bien si lo hizo la semana pasada o la anterior. . .
Beberé una taza más de café. he agotado la última gota. El hambre de su boca me reclama. Una carta, una vela. gotas curvilíneas pintan el fuego de rojo carmesí. a tientas me guió por el olor y el deseo, tropiezo. ¿ Ropa, desorden o un cuerpo? ¡ Nah! mi vecino ese a quien le demostraré que no he perdido
del todo la razón y que tengo mucho motivos para vivir más allá de la vida
recurrente que me ha ofrecido a lo largo de estos 10 años…
Continuará...

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